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Corazón de Pan

A mi padre, en su 15vo. aniversario luctuoso.

 

Poza Rica Veracruz, 1971

 

Papá no fue de besos y abrazos, o por lo menos, no con sus hijas. Lo aprendió en casa de los abuelos, donde las caricias brillaron por su ausencia. Pero se transformó cuando nació Miry, su primera nieta. Entonces fumaba tres cajetillas de cigarros al día, y cuando mi hermana mayor le prohibió agarrar a la nieta, por temor a que fuera a quemarla (a veces no tenía conciencia que traía el cigarro prendido en la mano), de la noche a la mañana dejó de fumar solo para seguir apapachándola.

Y en efecto, en mi infancia papá fue buen proveedor, pero un padre ausente. Estaba casado con su trabajo, con jornadas de doce horas, encargado de mantener funcionando los caminos y carreteras hacia los pozos petroleros. Frecuentemente se nos desaparecía los fines de semana, para darle una vuelta a sus cuadrillas de trabajadores.

Así sucedió aquel domingo, a principios de los años setenta; dando medio día papá agarró camino y nosotras también. Mamá nos subió al carro -cuatro hermanas, la nana Chila y motita la perrita-, y enfiló a casa de la comadre Villareal. Amábamos esa casa, con su enorme jardín donde podíamos correr a nuestras anchas. Estuvimos allí toda la tarde, y las comadres platica y plática. Ya bien entrada la tarde regresamos a casa.

Cual sería nuestra sorpresa encontrar a papá en la cocina. Vestía su clásica camiseta blanca de cuello redondo, su short de cuadritos azul pastel con amarillo y sus chanclitas color beige. Las manos blancas con trozos de masa aún pegados en sus dedos. Tenía harina hasta en las orejas. Cargaba una de las ocho latas de pan que había elaborado mientras nosotras estábamos ausentes.

Acomodó latas con pan sobre las hornillas de la estufa, los rectángulos de masa hojaldrada perfectamente cortados, coronados con glaseado real; mientras que, sobre la mesa del desayunador estaban las latas con los cuellos redondos, delicadamente bañados en azúcar.

Parecía escena irreal, las seis paradas en la entrada de la cocina con la boca abierta, observándolo.  La motita ladraba alegremente.

Como solo el solía hacerlo, en cuanto llegamos, puso la lata en la mesa, se lavó las manos y le ensartó a mi madre la labor de hornear el pan. Para su buena suerte, ella sabía del asunto y tomó la batuta. Papá se encaminó a su recámara.

Cuando el olor del pan comenzó a inundar toda la casa, no lo podíamos creer. En las labores del hogar, papá era tan, pero tan inútil, que no sabía siquiera donde se guardaban los vasos. Siempre había que servirle. ¿Cómo le hizo aquella tarde para conseguir todo lo que ocupó para trabajar? Los ingredientes estaban en la alacena del pasillo, las latas y la báscula en la bodeguita del patio, saliendo de la cocina. ¿Y cómo prendió el horno?

Después de un rato en el horno, las piezas de pan estuvieron listas. Esperé lo mínimo indispensable para probar los Conde. Claramente se veían las capas de hojaldre y el glaseado real se había tornado crujiente. Una cascada de sabor inundó mi boca con la primera mordida. Agarramos un platito -bajo amenaza de mi madre, si llenábamos su recámara de migajas- y nos fuimos a ver a papá, para que nos contara porqué se había puesto a hacer pan.

Esa tarde cuando regresó, encontró la casa vacía, ni la motita estaba. Se metió a bañar, se acostó en la cama -seguramente goteando, como acostumbraba-, prendió la tele sin sonido… y se sintió solo. Comenzó a pensar en Culiacán, en su familia, en la dura infancia que le tocó vivir como hijo de panadero, en las latas que tenía que hacer cada día antes de irse a la escuela ¿Cuántas? ¿cinco o diez? Odiaba los suspiros, se le entumecía el brazo de tanto batir claras, pero le gustaba hacer masa hojaldrada, la técnica era un reto. ¿Cuántos años tenía que no hacía pan? ¿cuarenta? ¿Cuánto de harina y mantequilla? Y cuando se dio cuenta ya estaba paloteando.

Mi abuelo tuvo nueve hijos, seis hombres y tres mujeres. Los hombres tenían que ayudar en el negocio. Cada hijo tenía un número de latas de pan que hacer antes de irse a la escuela. El abuelo Chuy fue un hombre estricto, pero tuvo a bien permitir que sus hijos estudiaran, mi padre fue el mayor y abrió brecha para que sus hermanos siguieran el camino.

Hace poco le pregunté a mamá si antes de aquel día él se había puesto a hacer pan. Me contestó que jamás. Ella no sabía que papá era capaz de elaborar tan deliciosas piezas. Hace quince años que mi padre falleció, muy seguido lo recuerdo. Como cualquier ser humano, estaba lleno de defectos, pero también tenía un lado bueno, escondido entre la harina y el azúcar, un Corazón de Pan.