La cena de los Infieles

La Cena de los Infieles

Autor: Beryl Bainbridge
Editorial: Ático de los Libros
Impreso en España
Páginas: 235
Precio: $325 Gandhi, $ 864.35 Amazon y $ 260 El Sótano $330 Porrúa

ISBN: 978-84-937809-5-1

Sinopsis:

En La Cena de los Infieles, Edward celebra una cena para Binny, su amante. Consciente de que le ha negado durante mucho tiempo esas pequeñas intimidades que una esposa da por supuestas, quiere ofrecerle una oportunidad de sentirse más implicada en su vida y de socializar con algunos de sus amigos. Pero las cosas durante la cena no van a ir según lo previsto. Unos invitados inesperados irrumpirán en la cena.

¿Por qué en El lugar de Beatriz?

El título, La Cena de los Infieles, llamó mi atención; como saben, la consigna es “novelas donde la comida, especias, bebidas llevan un papel protagónico”.

Si bien en el título viene CENA, ésta no es relevante. Es más, de puro milagro cenaron rico. Binny la protagonista no parece hacer nada bien: es una mamá mediocre, con hijos mal educados y mal hablados, con una casa patas arriba (desordenada y cochinona), con vecinos mala onda y una amiga borracha e imprudente (pero con mucha intuición). Le remata porque tiene una relación con un hombre casado, mucho más triunfador que ella.

La comida lleva papel secundario, pero el libro está muy bueno.

Mi opinión (Excelente, Muy bueno, Me gustó-pudo ser mejor, No vale la pena, Muy malo):

La Cena de los Infieles me pareció Muy bueno.

Nuevamente comencé a leer a las 23 horas, con la intención de que me diera sueño…y se puso MUY BUENO el libro. Apenas de doscientas hoja, en un par de días lo acabas.

Leí sobre la autora inglesa, fallecida en 2010, escritora de renombre…que yo no conocía. En alguna parte mencionaban que esta historia la tomó de sus propias experiencias, cuando su marido tuvo una aventura.

Comencé a leer la novela y digamos que el primer tercio del libro fue simple.

Él es un hombre de negocios casado, ella una mujer separada con tres hijos. Él invita a un amigo de la oficina y a su esposa, a la casa de su amante, para una cena. Los hijos dormirán en casa de amigos y vecinos.

La historia un tanto irreal (ella es un desorden, y el un hombre de negocios, casado con una mujer triunfadora…aunque se empeña en que la amante no se entere de la realidad), me recuerda las novelas de Agatha Christie, en las que todos los detalles cuentan.

Me puse como límite la página 100 para irme a dormir, y fue allí donde la historia comienza a dar un giro.

Aparecen nuevos personajes y salen a flote las caras verdaderas y desenlace inesperado.

Lo disfruté, y cuando acabó me dejó la sensación que bien pudo haer una segunda parte.

 

Algo para recordar:

Empezaron a cenar a las nueve y cuarto. Edward estaba un poco nervioso, tratando de organizar todo lo que tenía que hacer: cenar, ayudar a recoger los platos sucios y salir hacia su casa como muy tarde a las diez y media. Sería una velada un poco abrupta.
El primer plato era pomelo.
─ Excelente, excelente ─ barboteó Simpson, pelando la fruta con una cuchara que se había doblado, sin previo aviso, en su mano.
─ La rebanada está mordisqueada porque una de mis hijas tenía hambre ─ explicó Binny. Le tembló un poco la voz. Recuperándose, tendió la azucarera a Muriel─: ¿Tú tienes cuatro, no? Todos chicos, Edward me lo ha dicho.
─ Son dos, en realidad─ interrumpió Simpson.
─ Dos niñas ─ precisó Muriel ─. Estamos muy contentos, son muy buenas. Claro que yo jamás he trabajado, ni nada por el estilo, y tampoco hemos tenido niñeras cuando eran más pequeñas. Creo que es importante criar a los hijos sin distracciones, de una forma totalmente dedicada, ¿no? La verdad es que estoy muy satisfecha de haberlos educado yo misma.
─ Y yo estoy satisfecha de no tener un arma en la casa, o los habría asesinado hace años ─ dijo Binny.
─ Mi padre tenía una niñera que se colgó ─ intervino Edward, apresuradamente.
─ ¡No es posible! ─ exclamó Muriel, horrorizada.
─ Pues sí, tan cierto como que estoy aquí sentado. Mi padre ya era mayor, claro está, per igualmente se enteró de todo. Parece que no pudo soportar el estrés. Fue porque iba perdiendo a sus pupilos uno por uno en el barro. El señorito Charles, el señorito Guy…Perdidos para siempre.
─ ¿En el barro? ─ preguntó Binny.
─ En las trincheras de Francia ─ explicó Simpson. Sacudió la cabeza sombríamente de lado a lado.
Deseosa de cambiar de tema, Muriel les contó que sus hijas tenían inclinaciones musicales, y dio a entender que cantaban bastante bien.
─ Mis hijas tienen unas voces horribles ─ dijo Binny, estremeciéndose mientras pensaba en una grabadora ─, Y son muy malhabladas.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Dejó la cuchara y se quedó mirando, angustiada, el pedazo de pomelo que tenía en el plato, pero nadie se dio cuenta, Edward les estaba contando a los Simpson que las casitas como esa eran una inversión de lo más rentable. Una ganga, de hecho. A medida que creciera la inflación y el gobierno redujera su pro0grama de inversión en vivienda de protección oficial, las propiedades inmobiliarias en las buenas zonas de Londres serían virtualmente inalcanzables.
─ Los precios no van a bajar más. La crisis ha terminado ─ sentenció.
─ ¿Cuántos pisos tiene esta casa? ─ Preguntó Simpson. Por lo poco que había podido ver, no le parecía que fuera una propiedad especialmente destacable. Se preguntó si estaba dividida en apartamentos. Saltaba a la vista que la instalación eléctrica dejaba mucho que desear; el salón estaba sumido en la penumbra. Se peleó con la pata de la mesa y logró quitarse el zapato disimuladamente.
─ Tres ─ dijo Edward.
─ Cuatro, contando el sótano ─ dijo Binny ─. Actualmente tengo inquilinos.

Trató de no mirar a Simpson. Edward le había contado que el pequeño incidente de Simpson en la clínica para enfermedades venéreas estaba relacionado con una mujer que había conocido en el bar de un teatro. Le había apuntado su número de teléfono en el programa aprovechando un momento en que su esposa estaba en el servicio. Edward le había dicho que Simpson había pagado una buena suma por la aventurilla, porque en caso de que lo descubrieran, así sería más fácil entender lo que había hecho. Binny no entendía nada. Ni a ella ni a ninguna de sus amigas jamás le habran dado un penique por hacerlo. Al principio pensó que la historia de Simpson era una fanfarronada, que el propio Simpson se lo había inventado todo, pero ahora ya no estaba tan segura.
─ ¡Querida mía! ─exclamó Edward, golpeando ruidosamente el platillo de fruta con la cucharita ─. ¡No cuentes mentirijillas!
Se volvió a Muriel y explicó que el ex marido de Binny había vendido el sótano hacia varios años ya para poder pagar alguna que otra deuda de negocio. A medida que hablaba, lamentó haber llamado a Binny “querida mía”; Simpson le había advertido de que su esposa no le gustaba ese tipo de obvias manifestaciones entre amantes.
─ La verdad es que el sótano no es gran cosa ─siguió explicando─ Es un poco oscuro, no tiene jardín privado ni nada que se le parezca. En cambio, nosotros tenemos unja parcela bastante bonita con árboles frutales, rosas y arbustos. A mí me gusta cuidar de las plantas, podar aquí y allá de vez en cuando…Nada del otro mundo. ¿Y tú, Miriam? ¿Eres aficionada a la jardinería?
─ Muriel─ apuntó Simpson.
Confundido, Edward se sirvió un poco más de vino. Dijo en voz alta:
─ A Helen no le gusta demasiado, pero en verano se anima y salimos a tomar el té al jardín o cosas por el estilo.
Binny se levantó como un resorte y empezó a llevarse los platos al fregadero.
─ Levántate, George ─ordenó Muriel─. Ayúdala a llevar los platos a la cocina.
Al ver que Edward se había encendido la pipa, ella sacó un cigarrillo de su bolso y lo encendió a su vez.
Simpson se llevó la azucarera y las cucharas. Binny estaba de pie frente al horno, con la punta de la lengua asomando por la boca entreabierta mientras se concentraba sirviendo la carne y los tomates asados en una gran fuente de color azul, y Simpson pensó que parecía muy joven. Por supuesto, tenía claro que las bombillas eran de baja intensidad y que ella no era ningún pimpollo, pero le gustaba la caída de sus delicados hombros y los rizos que le acariciaban el cuello. Muriel era alta y fuerte y tenía las espaldas tan anchas como un buey. En dos ocasiones, había movido el piano en una pared a otra del salón sin ningún tipo de ayuda. Él se había negado, aduciendo que podía lastimarse la espalda. No quería dejar que ella pudiera mover aquel trasto sola. Muriel se arremangó, puso sus firmes nalgas contra el instrumento, inclinó las rodillas como Groucho Marx y llevó el instrumento en volandas de un lado a otro de la habitación.
─ Déjame la bandeja, que pesa mucho─ dijo alarmado mientras Binny agarró la fuente azul con ambas manos. Pensaba que ella era demasiado frágil como para llevarla sola.
Edward hablaba en voz baja con Muriel. Mordía la punta de su pipa y asentía con énfasis. Binny trajo las patatas asadas a la mesa y se imaginó que le aseguraba que entre ellos no había nada, que sólo sentía lástima por ella.
Cuando llego la carne, Edward se puso en pie de un salto y se quitó la chaqueta, dejándola caer descuidadamente sobre el sofá. Del bolsillo superior cayeron un peine y una pluma estilográfica. Como tenía barriga, llevaba tirantes para sostener los pantalones. Hacía un buen rato que el elástico le apretaba el hombro, de modo que se soltó los tirantes y los dejó colgando en las caderas.
─ ¿Qué estás haciendo? ─preguntó Binny, ofendida. Edward suspiró, con la camisa arrugada y las bandas elásticas colgando como dos largas catapultas de su cintura.
─Hace mucho calor─ dijo él, olvidando que hacía un momento había mencionado que la sala estaba fría para cerrar los postigos a cal y canto. Recogió sus pertenencias del suelo, perdió el equilibrio y casi se dio contra la mesa. Estalló en carcajadas, con la cara roja como la grana, y se dejó caer pesadamente en la silla.
─ ¿Hay verdura? ─ preguntó.
─ Ensalada─ repuso Binny.
─ Comida de conejo─ dijo él, triste, y se desabrochó un botón de la camisa.
Simpson no podía evitar sentir admiración por Edward. Era definitivamente un excéntrico como la copa de un pino. Claro que podía permitírselo, con lo que cobraba, pero aun así era admirable. Aprovechó para preguntar si a alguien le importaba que él también se quitase la chaqueta.
─ Haz lo que quieras ─dijo Muriel. La comida era abundante y estaba muy buena. La ensalada tenía el punto justo de ajo en el aderezo. Las patatas asadas estaban perfectamente crujientes. Estaba claro que Binny no representaba ningún peligro para Edward Freeman, sino más bien al revés. Era él quien obviamente la estaba utilizando a ella. A algunas mujeres les gustaba eso, lo sabía. El tamaño y el peso de Binny eran los típicos de una mujer sumisa. Tal vez su padre tenía una personalidad compleja y por eso le gustaba tener un hombretón que la trataba como si fuera una niña pequeña y criticaba su ensalada. No le extrañaría que a Edward fuera de esos a los que se le va la mano de vez en cuando.

 

De la Autora, Beryl Margaret Bainbridge

Dame Beryl Margaret Bainbridge, DBE (Liverpool, 21 de noviembre de 1932 – 2 de julio de 2010) fue una novelista inglesa.
Es autora de dieciocho novelas, dos libros de viajes, dos ensayos, dos volúmenes de relatos y cinco obras para teatro y televisión. Fue nominada en cinco ocasiones al premio Booker, y en 2011 le otorgaron el premio póstumo por su labor literaria. En 2008 The Times la incluyó en la lista de “Los 50 escritores más importantes desde 1945”. The Guardian la calificó como “un tesoro nacional”.
Es considerada como una de las grandes autoras británicas del siglo XX. Dama del Imperio Británico, su obra y escritos personales son hoy objeto de estudio en varias universidades.

 

Obras

El doctor Johnson y la señorita Thrale 2013

La Cena de los Infieles   2010

La chica del vestido de topos 2000
Master George 1999
Una insólita aventura 1995
El joven Adolfo 1988
La costurera 1986
Otra parte del bosque 1985
La excursión 1974 (2011)
Lo ha dicho Harriet 1972 (2015)

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