Macario

M A C A R I O

Autor: Bruno Traven
Editorial: Selector
Páginas: 80
Precio:

$ 119.25 Amazon
$ 140 Gandhi 

ISBN: 978-607-453-559-4

 

Sinopsis:

Macario es la singular aventura o desventura de un hombre humilde, hambriento, que al dar satisfacción al mayor deseo de su vida -comerse en soledad un pavo entero- recibe poderes sobre la vida y la muerte. A partir de ese momento, Macario vive experiencias extraordinarias y la visita de tres personajes poderosos.

 

¿Por qué en El lugar de Beatriz?

Porque el mayor anhelo del protagonista, Macario, era comerse el solito un guajolote. Aunque el tema no es propiamente la comida, sino el hambre, siempre el hambre, la miseria, la sencillez y la fe. Este libro tenía que estar en El Lugar de Beatriz.

Mi opinión (Excelente, Muy bueno, Me gustó-pudo ser mejor, No vale la pena, Muy malo)

Muy bueno.

Me llevé al menos tres sorpresas con esta historia

1. El autor es de origen alemán, y sin embargo logra capturar con fidedigna transparencia la idiosincrasia mexicana.

2. El libro es cortito, menos de 100 hojas, narrado de una forma sencilla y campechana, habla de la muerte como algo casual y tiene la habilidad de sorprenderte con ese final, tan abierto a infinidad de posibilidades.

3. En 1959 el director mexicano Roberto Gavaldón la lleva al cine, protagonizada por Ignacio López Tarso; Macario fue la primera película mexicana nominada para el Premio Oscar a la Mejor Película Extranjera,

Desde la primera hoja me dio tristeza la realidad que vivían (y viven) miles de indígenas en México, cargada de resignación, esperanza y hambre, mucha hambre.

Algo para recordar

Macario era leñador en aquel pueblecito. Padre de once hijos andrajosos y hambrientos, no deseaba riquezas, ni cambiar por una casa bien construida el jacal que habitaba con su familia. Tenía eso sí, desde hacía veinte años, una sola ilusión. Y esta gran ilusión era la de poder comer a solas, gozando de la paz en las profundidades del bosque y sin ser visto por sus hambrientos hijos, un pavo asado entero.

Nunca logró llenar su estómago hasta satisfacerse. Por el contrario, siempre se sentía próximo a morir de hambre, pese a lo cual, todos los días del año, sin descontar los domingos y días festivos, tenía que dejar su hogar antes de que amaneciera para ir al bosque, dl que regresaba al anochecer con una carga de leña en la espalda. Aquella carga, que representaba todo un día de trabajo, la vendía por dos reales…y a veces por menos.

Sólo durante el tiempo de aguas, cuando prácticamente no tenía competencia y, mejor aún, en los días señalados, como, por ejemplo, el día de los Fieles Difuntos, en que la demanda era mayor por parte de los fabricantes de velas y de los panaderos, que horneaban toda clase de panes de muerto y calaveras de azúcar, llegaba a conseguir que le dieran hasta tres reales por su carga de leña.
Tres reales constituían una fortuna para su esposa, conocida en el pueblo como Mujer de los Ojos Tristes. Ella, de modo más marcado que su marido, producía la impresión de que se iba a desvanecer de hambre.

Cuando Macario llegaba a su hogar, al anochecer tiraba la carga, con un suspiro revelador de su agotamiento. Tambaleándose, tropezando, llegaba hasta el interior de la choza y sin hacer ruido se dejaba caer sobre una sillita primitiva que uno de los niños acercaba rápidamente a la mesa, igualmente tosca, sobre la que Macario extendía ambos brazos exclamando:

─ ¡Ay, mujer, qué cansado estoy y cuánta hambre tengo! ¿Qué hay de comer?

Su mujer contestaba:

─ Frijoles negros, chile verde, tortillas, sal y té de limón.

La cena era siempre la misma, sin variación alguna.

El conocía la respuesta de su mujer desde mucho antes de llegar a su casa y hacia la pregunta simplemente por decir algo y para que sus hijos no lo consideraran como una simple bestia de carga. Cuando aparecía la comida, servida en jarros y cazuelas de barro, él ya se había quedado profundamente dormido, por lo que su mujer tenía que despertarlo diciéndole:

─ Macario, la comida está en la mesa.

─ Demos gracias a Dios por las mercedes que nos dispensa a nosotros, pobres pecadores ─ musitaba él, e inmediatamente empezaba a comer.

No había tomado los primeros bocados cuando se percataba de que todos sus hijos lo vigilaban con la esperanza de que no comiera mucho y dejara algo para que ellos pudieran repetir, ya que siempre su ración era insuficiente.

Entonces dejaba de comer y se concretaba a beber el té de limón. En cuanto vaciaba el jarro, murmuraba con voz plañidera:

─ Oh, Señor, si por lo menos una vez en mi pobre vida pudiera comerme entero un guajolote asado, moriría feliz y descansaría en paz hasta el día del Juicio Final.

A menudo no decía tanto y se conformaba con murmurar:

─¡Oh, Señor, concédeme, aunque sea una sola vez, todo un pavo para mí solo!

Tantas veces habían escuchado sus hijos aquel lamento que ya no le prestaban atención, considerándolo como una forma de dar gracias después de la cena. Sabían que las mismas posibilidades de que su padre gozara de un pavo asado eran las que existían de que poseyera mil pesos oro, aun cuando hubiera rogado toda su vida por ellos.

Su mujer, la compañera más fiel y abnegada que hombre alguno pudiera desear, sabía que su esposo no comía tranquilo ni lo suficiente mientras sus hijos lo vigilaran con ojos hambrientos, deseando hasta el último de sus frijoles. Esto la apesadumbraba, pues tenía buenas razones para considerarlo un buen marido, con cualidades que ni siquiera podía soñar que encontraría en otro.

Macario nunca le pegaba a su mujer. Trabajaba tanto como a un hombre le es posible hacerlo, y solamente los sábados en la noche solía reservarse dos centavos para beberse un traguito de mezcal que ella misma compraba en la tienda, porque sabía que obtendría el doble de la cantidad que a él le darían por el mismo precio en la cantina del pueblo.
Percatándose del excelente esposo que tenía, de lo mucho que trabajaba para mantener a su familia y de lo mucho que amaba a sus hijos, la mujer empezó a ahorrar hasta el último centavo de los pocos que ganaba lavando ropa y desempeñando trabajos pesados para otras mujeres del pueblo, que gozaban de mayores posibilidades que ella.

Después de ahorrar sus centavitos durante tres largos años, que le parecieron una eternidad, pudo hacerse del pavo más gordo que encontró en la plaza. Reventando de gozo y satisfacción lo llevó a su cada cuando los niños estaban ausentes y lo escondió de forma tal que nadie pudiera descubrirlo. No dijo ni una sola palabra cuando llegó su marido rendido, agotado, hambriento y, como siempre, rogando al cielo por su pavo asado.

Aquella noche hizo que los niños se acostaran temprano. No temía que su marido se diera cuenta de lo que ella preparaba, porque el hombre se quedaría, como siempre, profundamente dormido en la mesa, de donde se levantaría como sonámbulo para dejarse caer, privado de sentido, sobre el catre.

Si en alguna ocasión una cocinera preparó un pavo para una buena comida poniendo en ello todo su amor, toda su habilidad, así como todos sus buenos deseos, fue en aquélla. La mujer trabajó con devoción durante toda la noche a fin de que el pavo estuviera listo antes del amanecer.

Macario se levantó para comenzar su trabajo diario y se sentó a la mesa para tomar su pobre desayuno. Nunca se ocupaba de dar los buenos días, ni tenía la costumbre de que su mujer se los diera. Si algo faltaba en la mesa o si no hallaba el machete y las cuerdas que necesitaba para su trabajo, murmuraba alguna palabra sin abrir apenas la boca. Como sus exigencias eran escasas, a pesar de que se expresaba con palabras muy limitadas, las absolutamente necesarias, su mujer lo comprendía perfectamente sin incurrir jamás ni en lampas leve equivocación.

─ Hoy es tu santo, esposo querido. Felicidades. Toma, aquí tienes el pavo asado que durante tantos años has deseado y por el que tanto has rogado. Llévatelo a lo más profundo del bosque para que nadie te moleste y puedas comértelo solo. Ahora date prisa antes de que los niños lo vayan a oler y se enteren de que lo tienes, porque entonces no podrías dejar de compartirlo con ellos. Anda, corre.

Él la miró largamente con sus ojos cansados.

“Por favor” y “gracias” eran términos que jamás empleaba. En cuanto a la idea de ceder un pedacito del pavo a su mujer, no tuvo cabida en su cerebro, porque su mente, acostumbraba a albergar no más de un pensamiento cada vez, estaba ocupada en aquel momento en el que su esposa le había sugerido de correr con su pavo antes de que los niños lo descubrieran.

 

Del Autor – Bruno Traven

Nacido el 23 de febrero de 1882 en Schwiebus/Brandenburgo Oriental en Alemania, Bruno Traven fue marinero, actor, editor de revistas y político anarquista antes de verse forzado a huir de su país después de la Primera guerra Mundial. Llega a México en 1924. Llega a Tampico y escribe El Barco de la muerte, un libro semiautobiográfico que se vuelve un Best-Seller en Alemania. Viaja a Chiapas y tiene mayor contacto con la forma de vida y las tradiciones de los indígenas. Entonces une su visión política con la realidad de la región y escribe novelas como Macario, La carreta y La Rebelión de los Colgados.

Muere en ciudad de México el 26 de marzo de 1969. Su última voluntad es que sus cenizas fueran esparcidas en el Río Jataté, en Chiapas.

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