El Señor Nakano y las Mujeres

Día 13 – El Señor Nakano y las Mujeres

Día 13 – El Señor Nakano y las mujeres

Título original: Furudogu Nakano Shoten
Autora: Hiromi Kawakami (japonesa)
Editorial: DeBolsillo
Páginas: 220
ISBN: 978-607-317-287-5
Precio: Amazon $149  y  Gandhi $450

 

Sinopsis:

Hitomi entra a trabajar en una tienda de objetos de segunda mano en Tokio. «Esto no es un anticuario, sino una tienda de segunda mano», le advierte el señor Nakano el día en que hace la entrevista. Allí está Takeo, el joven asistente con quien inicia una extraña relación, y Masayo, la hermana del propietario que hace exposiciones con muñecas y cuya vida sentimental atormenta al señor Nakano, que se mantiene vigilante sobre todo y a quien pierden las mujeres. Un grupo que vagamente podría parecer una familia. Cronista delicada y elusiva, Kawakami nos ofrece en este libro, además de la historia entre Hitomi y Masayo, una sucesión de ventanas abiertas al Japón contemporáneo, en el que conviven los objetos de una tienda extravagante con la vaga melancolía de unos hombres y unas mujeres que nunca consiguen ser felices del todo.

 

¿Por qué en El lugar de Beatriz?

Como el burro que tocó la flauta, porque en realidad yo me estaba saliendo de mi línea de leer tramas donde la comida llevara un papel importante en la trama. Pues si, yo quería participar en el Marzo Asiático organizado por MagretAjosTiernos https://www.youtube.com/channel/UCGaMl2kAz8wyovEScxnWwmg/videos en su canal de YouTube, que se trata de leer libros de autores Asiáticos.

 

Mi opinión (Excelente, Muy bueno, Me gustó-pudo ser mejor, No vale la pena, Muy malo)

Muy bueno.

Comencé a leer este libro porque es chiquito (220 páginas) y me pareció que lo terminaría rápido, para cumplir con el Marzo Asiático. Me ha dado una sorpresa, y dejó en mi boca el sabor a nostalgia. Fácil puedo leer la segunda parte jajajajjjja.

Kawakami es una excelente narradora de lo cotidiano, de los sentimientos, de los detalles que parecen no aportar mucho. La historia es el día a día, y va lento, pero cuando menos imaginas comienza a correr y no quieres que se acabe. Me dio vacío estomacal cuando sentí que venía el final, porque no quería que llegara, pero fue apenas un suspiro. Muy recomendable
La historia gira alrededor de cuatro personas: el señor Nakano, dueño del establecimiento, y su hermana Masayo. Allí trabajan dos jóvenes: Takeo e Hitomi (la narradora de la historia).

Cada capítulo narra una historia autoconcluyente y le va sumando personas. Las historias son sencillas, y las emociones están presentes. Al final, de una u otra forma, todo se entrelaza.

La hora del almuerzo suelen hacerla en grupo, y si bien es cierto que encontramos pizzas o hamburguesas, el cerdo frito y el pescado, así como fideos en caldo, aparecen con frecuencia…

 

Algo para recordar

UN SOBRE CUADRADO DEL NÚMERO DOS

« Pues eso» era el tic lingüístico del señor Nakano.
—Pues eso, pásame la salsa de soja —acababa de decirme. Yo no salía de mi asombro.
Ese día habíamos salido a almorzar los tres juntos. El señor Nakano había escogido cerdo frito con jengibre, Takeo había pedido pescado hervido y yo, arroz al curry. Enseguida trajeron el cerdo frito y el pescado. El señor Nakano y Takeo cogieron los palillos de usar y tirar que estaban en una cajita encima de la mesa, los separaron y empezaron a comer. Takeo me pidió disculpas en voz baja por no esperar a que trajeran mi plato, pero el señor Nakano se abalanzó sobre el suyo sin decir palabra.
Cuando al fin me trajeron el arroz al curry y yo acababa de coger la cuchara, el señor Nakano me pidió la salsa de soja utilizando la frase que he citado anteriormente.
—Ese «pues eso» no tiene mucho sentido, ¿no? —observé. El señor Nakano dejó su cuenco en la mesa.
—¿Yo he dicho eso?
—Sí, lo ha dicho —murmuró tímidamente Takeo.
—Pues eso
. —¡Acaba de decirlo otra vez!
—Vaya. —El señor Nakano se rascó la cabeza con un Resto exagerado—. Se ve que tengo un tic.
—Y un poco raro, por cierto.
Le pasé la salsa de soja. El señor Nakano aliñó sus dos rodajas de nabo en conserva y empezó a masticarlas ruidosamente.
—Lo que pasa es que mantengo conversaciones mentales conmigo mismo. Por ejemplo, A se convierte en B , que me lleva hasta C , y mi razonamiento sigue con D . Cuando llega el momento de expresar D en voz alta, me sale un «pues eso» sin querer, porque sigue el hilo de mis pensamientos.
—Claro —dijo Takeo, mientras mezclaba el jugo del pescado con el arroz que le había sobrado.
Takeo y yo trabajábamos para el señor Nakano. Hace veinticinco años abrió una tienda de objetos de segunda mano en un barrio periférico del oeste de Tokio poblado de estudiantes. Por lo visto, antes estaba contratado en una empresa mediana de productos de alimentación, pero pronto se cansó de trabajar en una oficina y la dejó. Era la época en que estaba de moda lanzarse a la aventura, aunque el señor Nakano no llevaba suficiente tiempo trabajando por cuenta ajena como para considerarlo una aventura. Sea como fuere, se sintió avergonzado de dejar el trabajo por puro aburrimiento. Me lo explicó un día en la tienda, pausadamente, aprovechando que en ese momento no había nadie.
«Esto no es un anticuario, sino una tienda de segunda mano», me advirtió el señor Nakano el día en que fui a hacer la entrevista de trabajo. En el escaparate había un cartel pegado al cristal y escrito con mala letra que rezaba: «Se buscan empleados. Entrevistas a todas horas». Sin embargo, cuando entré a preguntar, el dueño me dijo: «Te entrevistaré el primero de septiembre a las dos del mediodía. Sé puntual». Aquel hombre delgado, que tenía un extravagante aspecto con su bigote y su gorra de punto, era el señor Nakano.
La tienda del señor Nakano, que no era de antigüedades sino de objetos usados, estaba literalmente sepultada bajo una montaña de artículos de segunda mano. El interior del local estaba abarrotado de mesitas de té, vajillas y viejos ventiladores y aparatos de aire acondicionado, es decir, la clase de objetos normales y corrientes fabricados a partir de los años treinta que se podían encontrar en cualquier hogar japonés. Antes del mediodía, el señor Nakano subía la persiana y, con un cigarrillo entre los labios, sacaba los «artículos reclamo» a la calle, entre los que se contaban, por ejemplo, una especie de escudilla con un llamativo estampado, una lámpara de diseño, dos pisapapeles de imitación de ónice con forma de tortuga y de conejo o una antigua máquina de escribir. Los colocaba sobre un banco de madera delante de la tienda con el objetivo de atraer a la clientela. De vez en cuando, si por ejemplo la ceniza del cigarrillo caía sobre el pisapapeles en forma de tortuga, él lo limpiaba frotando enérgicamente con la punta del delantal negro que siempre llevaba puesto.
El señor Nakano solía estar en la tienda hasta primera hora de la tarde. Luego me dejaba sola atendiendo y salía con Takeo a hacer recogidas.
Tal y como su nombre indica, las recogidas consistían en pasar por las casas a recoger trastos usados. La mayoría de las veces, le llamaban desde casas cuyo propietario había fallecido y sus parientes necesitaban deshacerse de los muebles y utensilios del difunto. El señor Nakano recogía incluso los objetos y la ropa que ni siquiera los familiares podían aprovechar. Pagaba unos cuantos miles de yenes, 10,000 como máximo, y se lo llevaba todo en una pequeña camioneta. Como los clientes se quedaban los artículos de valor y le entregaban el resto, les resultaba mucho más beneficioso llamar al señor Nakano que avisar a los servicios de recogida municipales para que se llevaran los trastos voluminosos. Por eso la mayoría de sus clientes aceptaba la pequeña cantidad de dinero sin rechistar y seguía la furgoneta con la mirada mientras se alejaba con sus pertenencias. Sin embargo, Takeo me explicó que algunas personas se quejaban de que el precio era irrisorio y ponían al señor Nakano en un compromiso.
El señor Nakano había contratado a Takeo un poco antes que a mí para que lo ayudara con las recogidas. Si había que recoger objetos pequeños, Takeo lo hacía solo.
—¿Cuánto dinero tengo que ofrecerles? —le preguntó Takeo, inseguro, la primera vez que el señor Nakano le ordenó que fuera sin él.
—Pues eso, el precio tiene que ser el más conveniente. Ya sabes cómo se calcula el valor de un objeto, me has visto hacerlo muchas veces.
En ese momento, Takeo apenas llevaba tres meses trabajando en la tienda, y no sabía calcular el valor de los objetos. A mí me pareció que mi jefe tenía ideas muy disparatadas, pero considerando lo sorprendentemente bien que marchaba el negocio, estaba claro que le funcionaban.
Takeo salió de la tienda nervioso y cohibido, pero regresó con el mismo aspecto de siempre.
—No he tenido ningún problema —anunció. Al saber que había pagado 3500 yenes en total, el señor Nakano asintió varias veces, satisfecho, pero abrió los ojos como platos cuando vio la gran cantidad de objetos que Takeo había traído.
—Takeo, les has pagado una miseria. ¡Por eso me dan tanto miedo los principiantes! —bromeó el señor Nakano, riendo.
Takeo me explicó que uno de los jarrones que había recogido aquel día se vendió más adelante por 300 000 yenes. Como al señor Nakano no le interesaban los objetos tan caros, vendió el jarrón en un mercado de antigüedades que se instalaba en los alrededores de un templo. La chica con la que Takeo salía entonces se hizo pasar por su ayudante y lo acompañó hasta el puesto del mercado. Al enterarse de que un jarrón viejo y sucio se podía vender por 300 000 yenes, la chica empezó a atosigar a Takeo diciéndole que montara su propio negocio de artículos de segunda mano para poder independizarse e irse a vivir por su cuenta. Ya fuera por ese o por otro motivo, Takeo rompió con ella al poco tiempo.
Eran raras las veces en que el señor Nakano, Takeo y yo comíamos juntos. Nuestro jefe solía estar fuera la mayor parte del tiempo recogiendo material o merodeando por los mercados, las subastas o las reuniones de comerciantes del gremio. Takeo, por su parte, desaparecía sin perder ni un minuto en cuanto terminaba sus recogidas. Aquel día comimos juntos porque teníamos previsto visitar la exposición de Masayo, la hermana mayor del señor Nakano.
Masayo era una solterona de cincuenta y tantos años. Antes la familia Nakano tenía varias propiedades, pero la fortuna familiar había empezado a decaer durante la generación anterior a la del señor Nakano. No obstante, todavía les quedaba suficiente dinero para que Masayo pudiera vivir de las rentas de los pisos que tenían.
De vez en cuando el señor Nakano se burlaba de su hermana diciendo que era una ar-tis-ta, pero en realidad la trataba muy bien. Masayo exponía sus creaciones en la pequeña galería situada en el primer piso de la cafetería Poesie, que se encontraba delante de la estación. Era una colección de muñecas que ella misma había hecho a mano.
Al parecer, su última exposición, que había tenido lugar poco antes de que yo empezara a trabajar en la tienda, llevaba el nombre de “Colores del bosque” . Masayo había arrancado unas cuantas hojas del bosquecillo que había en las afueras del barrio, había elaborado un tinte vegetal y había teñido unas prendas de ropa. A ella le parecía que el color del tinte era chic, pero Takeo me confesó más adelante, meneando la cabeza, que le había parecido «color váter». Masayo tendió la ropa en unas ramas que había recogido en el mismo bosquecillo y las colgó del techo. Cada vez que dabas un paso por la galería, que parecía un laberinto, las telas y las ramas que colgaban del techo y de las paredes te rozaban la cabeza y los brazos y te enredabas constantemente, según el señor Nakano.
La exposición de muñecas, sin embargo, no era tan extravagante, puesto que las muñecas no colgaban del techo sino que estaban expuestas en unas mesas a lo largo de la galería y cada una de ellas tenía un nombre, como Libélula nocturna o En el jardín. Takeo recorrió la exposición con una expresión ausente, mientras que el señor Nakano examinó las muñecas una por una, cogiéndolas delicadamente y dándoles la vuelta. La luz del mediodía irrumpía a través de las ventanas. La calefacción de la galería estaba encendida, y Masayo tenía las mejillas sonrojadas.
El señor Nakano compró la muñeca más cara y yo me quedé un muñequito en forma de gato que encontré entre los objetos amontonados en un cesto de la entrada. Nos despedimos de Masayo en las escaleras y salimos los tres juntos a la calle.
—Tengo que ir al banco —anunció el señor Nakano, y desapareció tras la puerta automática del banco que teníamos justo enfrente.
—Como siempre —dijo Takeo, mientras echaba a andar con las manos en los bolsillos de sus holgados pantalones.
Takeo tenía prevista una recogida en Hachioji. Allí vivían dos ancianas hermanas cuyo hermano mayor acababa de fallecer. Las «abuelitas», según el señor Nakano, llamaban constantemente para quejarse de que, justo después de la muerte de su hermano, habían empezado a llegar parientes a los que nunca habían visto para intentar birlarles las obras de arte y los libros antiguos que coleccionaba el difunto. Cada vez que llamaban, el señor Nakano les dirigía amables palabras de ánimo y siempre esperaba a que ellas colgaran antes el teléfono. «Así es este negocio», me decía, guiñándome el ojo, en cuanto colgaba después de haber aguantado media hora de lamentos. Aunque parecía escuchar con interés las quejas de las ancianas hermanas, no quiso ir a su casa a recoger material.
—¿Seguro que quiere que vaya solo? —le preguntó Takeo.
—Pues eso —repuso el señor Nakano acariciándose el bigote—, deberías pagarles un precio entre medio y bajo. Si les ofreces demasiado dinero, las abuelitas se asustarán, y si es demasiado poco…
Subí la persiana de la tienda e, imitando al señor Nakano, empecé a colocar los artículos reclamo en el banco. Mientras tanto, Takeo sacó la camioneta del garaje que había detrás del local. Le dije adiós y él agitó la mano derecha mientras aceleraba. Takeo tenía el dedo meñique de la mano derecha amputado a la altura de la primera falange.
Al parecer, el día en que lo entrevistó, el señor Nakano insinuó:
—¿No serás un…? Ya sabes a lo que me refiero.
—Si hubiera sido un yakuza, se habría arriesgado mucho al contratarme —le dijo Takeo cuando ya empezaba a adaptarse a su nuevo trabajo.
—En este negocio es fácil reconocer con qué tipo de gente estás tratando —rio el señor Nakano.
Cuando estudiaba tercero de bachillerato, un compañero de clase de Takeo le había pillado el dedo con una puerta de hierro y se lo había amputado por el simple motivo de que «le molestaba su existencia». Era un chaval que llevaba todo el curso metiéndose con él. Un semestre antes de graduarse, Takeo dejó el instituto porque, desde el accidente, se sentía constantemente en peligro. Su tutor y sus padres se comportaron como si todo fuera normal. Atribuyeron el repentino abandono de Takeo a su dejadez y a su estilo de vida. Aun así, Takeo se consideraba afortunado de haber podido dejar el instituto. Su compañero de clase, el chico que lo había hecho sentir amenazado, estudió en una universidad privada y el año anterior había entrado a trabajar en una empresa.
—¿No te da rabia? —le pregunté.
—Lo que siento no es exactamente rabia —me respondió él, con una sonrisa torcida.
—¿Qué es, entonces? —inquirí de nuevo, pero él soltó una risita desganada.
—No lo entiendes, Hitomi —me dijo—. A ti te gustan los libros y tienes una mente compleja. Yo tengo una mente simple —prosiguió.
—Yo también soy simple —repuse.
—Ahora que lo dices, a lo mejor tienes razón —admitió, riendo de nuevo—. Fue un corte limpio. Como no tengo tendencia a formar queloides, el médico del hospital me dijo que la herida cicatrizaría bien.
Cuando hube perdido de vista la camioneta, me senté en una silla al lado de la caja registradora y me puse a leer un libro de bolsillo. Entraron tres clientes en una hora. Uno de ellos se compró unas gafas viejas. Yo creía que unas gafas no servían para nada sin la graduación adecuada, pero en la tienda del señor Nakano las gafas viejas tenían mucho éxito.
—La gente las compra precisamente porque no sirven —decía siempre el señor Nakano.
—¿Y eso cómo se entiende?
—¿A ti te gustan las cosas útiles, Hitomi? —me preguntó él, sonriendo.
—Claro —repuse.
El señor Nakano dejó escapar un resoplido y, de repente, empezó a canturrear una estrofa de una extraña canción: «Un plato útil, un estante útil, un hombre útil».

Después del cliente que había comprado las gafas, no entró nadie más. El señor Nakano aún no había vuelto del banco. Debía de estar con alguien. Un día, Takeo me explicó que cuando decía que iba al banco, casi siempre quedaba con una mujer.
El señor Nakano se había casado por tercera vez unos años antes. Con su primera mujer había tenido un hijo que ya iba a la universidad, con la segunda había tenido una hija que estudiaba primaria, y su esposa actual había dado a luz a un niño seis meses antes. Además, tenía una amante.
—¿Tienes novio, Hitomi? —me preguntó mi jefe un día, aunque no parecía ansioso por conocer la respuesta. Me lo preguntó como quien habla del tiempo, mientras se tomaba un café junto al mostrador. Tampoco enfatizó la palabra novio, sino que la pronunció en un tono más bien neutro.
—Antes salía con un chico, pero ahora no estoy con nadie —le respondí.
—Ya —repuso brevemente, asintiendo. No me preguntó qué clase de chico era, ni cuándo habíamos roto, ni nada por el estilo.
—¿Cómo conoció a su actual esposa, señor Nakano? —inquirí.
—Es un secreto —repuso él.
—Con esa respuesta sólo conseguirá que tenga más ganas de saberlo —insistí, y él me miró fijamente—. ¿Por qué me mira así?
—No tienes por qué fingir que te interesa, Hitomi —repuso él.
La verdad es que no tenía el menor interés en saber cómo había empezado la relación entre el señor Nakano y su tercera esposa. «No hay que subestimar al jefe —me susurró Takeo al oído más tarde—. Por eso tiene tanto éxito con las mujeres, porque conoce muy bien a la gente».
El señor Nakano aún no había vuelto, en la tienda no había nadie y Takeo estaba en casa de las abuelitas de Hachioji. Puesto que no tenía nada que hacer, seguí leyendo.
Últimamente, había un cliente que sólo venía cuando yo estaba sola en la tienda. Era un hombre un poco mayor que el señor Nakano. Al principio pensé que era casualidad que siempre apareciera cuando no había nadie más, pero no lo era. Si intuía la presencia del señor Nakano, se ponía nervioso y se iba, pero regresaba rápidamente cuando el jefe no estaba. «¿Viene muy a menudo?», me preguntó un día el señor Nakano, y yo asentí.
Al día siguiente, por la tarde, el señor Nakano estuvo un buen rato revolviendo cachivaches en el almacén de la trastienda. El hombre misterioso llegó a última hora de la tarde y se quedó vacilando entre la puerta y la caja registradora, donde yo estaba sentada. Mientras tanto, el señor Nakano lo espiaba desde el almacén. Cuando el cliente se acercó a la caja, salió con una sonrisa y empezó a hablar con él. Era la primera vez que oía su voz. El señor Nakano lo escuchó durante un cuarto de hora, mientras el cliente le explicaba que vivía en la ciudad de al lado, que se llamaba Tadokoro y que coleccionaba espadas y sables.
—Aquí no tenemos nada antiguo —repuso el señor Nakano, a pesar de que el cartel de la tienda anunciaba que vendía objetos de segunda mano.
—Pero tienen cosas muy curiosas —observó Tadokoro, mientras señalaba un rincón donde había revistas femeninas de los años veinte y unas figuritas que regalaban con los caramelos Glico.
Tadokoro era un hombre bastante atractivo. Tenía el rostro enmarcado por la sombra oscura de la barba afeitada. Si hubiera estado un poco más delgado, se habría parecido a un actor francés cuyo nombre no recuerdo. Su voz atiplada me ponía un poco nerviosa, pero tenía una forma de hablar tranquila y serena.
Un poco después de que se hubiera ido, el señor Nakano me dijo:
—No vendrá en una temporada.
—Pero si han mantenido una conversación muy cordial —susurré, pero él meneó la cabeza y, aunque le pregunté por qué Tadokoro no iba a volver, no quiso explicármelo. A continuación, salió de la tienda murmurando que tenía que ir al banco.
Tal y como el señor Nakano había predicho, Tadokoro estuvo una temporada sin dar señales de vida. Al cabo de dos meses, sin embargo, empezó a venir de nuevo, siempre intentando aparecer cuando mi jefe no estaba. Al entrar me decía «Buenos días», y se despedía antes de salir.
Nunca intercambiábamos más que esas cuatro palabras, pero el ambiente se cargaba cuando venía. Los demás clientes habituales también me saludaban al entrar y al salir, exactamente igual que él, pero su presencia no era tan sofocante como la de Tadokoro.
Takeo se encontró con él un par de veces.
—¿Qué opinas de él? —le pregunté.
Reflexionó unos instantes, con la cabeza ladeada.
—A mí no me huele mal —repuso al fin.
—¿A qué te refieres? —inquirí, pero él agachó la cabeza sin decir nada más.
Mientras Takeo vertía un cubo de agua delante de la tienda para limpiar la calle, pensé en el significado de «oler mal». Intuí más o menos a qué se refería, pero también supuse que no había querido decir lo que yo pensaba.
Cuando terminó de limpiar la calle, se dirigió a la trastienda con el cubo vacío y oí que murmuraba:
—Los tipos que huelen mal son los que sólo piensan en sí mismos.
Tampoco acabé de entender a qué se refería.

De la Autora – Hiromi Kawakami

Hiromi Kawakami (en japonés: 川上 弘美, transcripción: Kawakami Hiromi) (Tokio, Japón, 1 de abril de 1958) es una de las escritoras más populares de Japón.

Estudió Ciencias naturales en la Universidad de Ochanomizu y fue profesora de Biología hasta que en 1994 apareció su primera novela (Kamisama). Sus libros han recibido los más reputados premios literarios, que la han convertido en una de las escritoras japonesas más leídas. En 1996 obtuvo el Premio Akutagawa por Tread on a Snake. En 2000 obtuvo el Premio Ito Sei y el Woman Writer’s por Oboreru. En 2001 ganó el prestigioso Premio Tanizaki por la novela El cielo es azul, la tierra blanca (Acantilado, 2001), adaptada posteriormente al cine con gran éxito.

 

Libros de Hiromi Kawakami en español

El cielo es azul, la tierra blanca (Acantilado, 2001)
Algo que brilla como el mar (Acantilado, 2010),
Abandonarse a la pasión (Acantilado, 2011),
El señor Nakano y las mujeres (Acantilado, 2012),
Manazuru (Acantilado, 2006) y
Vidas frágiles, noches oscuras (Acantilado, 2015).

Ejotes con Almendras y Ensalada Caliente de Mini Pimientos

Día 12 – Ejotes con Almendras y Ensalada Caliente de Mini Pimientos

Siiiiii, ayer fue mi cumpleaños.

Y si, #YoMeQuedoEnCasa, por tal motivo👩🏻‍🍳 armé una pachanga con mis dos perras chihuahueñas 🐶🐶, mis dos peces beta🐠🐡 y mi pajarito🐦.

A pesar de que solo estuve acompañada de mis mascotas, en realidad no estuve sola. Todo el tiempo platiqué con alguien.

Llamadas, Videollamadas, Whatsapazos, correos electrónicos. Gracias a todos los que estuvieron conmigo.

Y como la comida es el principal distractor en estos días, les comento que mi desayuno fue espectacular, uno de mis consentidos: casi Ulster Fry

Comí tarde, hasta las 17 horas. Preparé un platillo sencillo pero muy rico. Un Medallón de Filete asado, cocinado en el Chefman Sous Vide – Circulador de inmersión, acompañado de Ejotes con Almendras y una Ensalada Caliente de Mini Pimientos Morrones.

Por recomendaciones de algunos compañeros del Diplomado, destapé una botella de vino de Aguascalientes, Sophie 2018 Nebbiolo. Muy recomendable.

A continuación, les paso las recetas.

Medallones de Filete asado, acompañado de Ejotes con Almendras y Ensalada Caliente de Pimientos

Ingredientes:

Para los Medallones

Medallones de filete
Sal
Pimienta

Para los Ejotes con almendra

½ kilo de ejotes en trocitos por persona
1/2 taza de almendras fileteadas
1 cucharadita de mantequilla
Sal
Pimienta

Para la Ensalada Caliente de Mini Pimientos

½ kilo de mini pimientos morrones
3 ajos
Aceite de oliva
Sal
pimienta

Procedimiento

Para los medallones

Para cocinar los medallones de filete utilicé el Chefman Sous Vide – Circulador de inmersión, por una hora a 130 grados f

Cuando se acabó el tiempo de cocimiento, retiré la carne de la bolsa y pasé la carne por una servilleta de papel para quitar el exceso de humedad. En una sartén puse una cucharada de aceite de oliva a calentar, y lo sellé exactamente un minuto por lado. La carne quedó término medio.

Esto le da una textura agradable y crujiente, y un sabor jugoso.

No tienes el Chefman Sous Vide? Pon sal y pimienta a los medallones y cocínalos a la plancha 3 minutos por lado para que queden término medio. Si los quieres bien cocido, dales 5 minutos por lado.

Para los Ejotes con Almendra

Quita las puntas a los ejotes y pártelos en tres trozos (deben de quedar de 3 a 4 centímetros). Puedes ponerlos a cocer al vapor por 10 minutos, o sumergirlos en agua con sal por cinco minutos. Escurre y reserva.

En una sartén derrite la mantequilla y añade las almendras fileteadas. Agrega los ejotes y revuelve bien para que se impregnen de la mantequilla. Agrega un poco de sal y pimienta y tapa. Déjalos un par de minutos en la lumbre muy bajita y apaga.

Para la Ensalada Caliente de Mini-Pimientos

Parte los pimientos morrones en rebanadas delgaditas (quitando rabo y semillas).

Calienta el aceite de oliva y añade el ajo rebanado, apenas medio sancochado antes de agregar los pimientos rebanados.

Agrega sal y pimienta, revuelve bien y tapa. Deja unos 5 minutos en la lumbre a fuego muy bajito.

Para emplatar

Coloca un medallón y acompáñalo con una cucharada de Ejotes con Almendras, y una cucharada de Ensalada Caliente de Mini-Pimientos.

Debo de confesarles que llevo ya unas cuantas semanas haciendo carne y pescado en esa chulada de aparato que es el Chefman Sous Vide – Circulador de inmersión. ¿han oido habnlar de él?

Me lo platicó mi hermana Gabriela, que cuando ella tiene invitados, le gusta hacer trozos de carne que sirve en rebanadas (filete, por ejemplo) en el término adecuado para sacarle el mayor provecho al corte.

Pues bien, yo amo los cortes término medio, y no necesito tener visitas para hacer uso de este aparato que me ha cambiado la forma de preparar mi carne. Ahora invariablemente me quedan termino medio, tirándole a rojo. Y para mí, que raro es que me acabe un corte y que acabo comiéndome el restante en ensalada, pues ahora es un placer.

¿Café, Té o una Bala?

Día 11- ¿Café, Té o una bala?

Aún tengo fresco ese buenísimo programa llamado El Agente de Cipol (yo lo amaba) y recuerdo claramente un capítulo titulado

¿Café, Té o una Bala?

Y si, más o menos así me he encontrado desde hace unos cuantos meses, dándome un tiro en el pie con tal de no tener que elegir entre estas dos posibilidades.

Imagen de Bioguia.com

¿Alguna vez te ha pasado que no puedes cambiar un hábito que está acabando contigo? ¿has expresado “primero muerta, que dejarlo”?

Y el problema, por supuesto, no es el Café.

He leído tanto sobre los Beneficios del Café como sobre Beneficios del Té.

El primero supera por mucho al segundo, pero me parece que no es tan real; más bien se trata de que llevamos décadas tratando de justificar no darle el carpetazo al CAFÉ.

Ambas bebidas tienen beneficios comprobados, siempre y cuando no caigas en los excesos, pero yo no tuve límites en cuanto a la cantidad de café que consumí durante 30 años y todos sus puntos a favor comenzaron a perder sentido.

Procedo de una familia veracruzana – sinaloense, que toma tanto café, que cuando nos reunimos en casa, es frecuente que por las tardes se prepare una jarra y nos sentemos a la mesa para degustar una humeante taza.

Cuando comencé a trabajar hace 35 años, lo primero que aprendí fue que invariablemente, por las mañanas, caminaba con un termo de café (4 tazas) en mi mano…y por las tardes me preparaba otro igualito (8 tazas al día). Ah y por supuesto antes de salir de casa me tomaba dos tazas más. Mi café era tan cargado, que mis compañeros de oficina se referían a mi termo como “café de trailero” sin azúcar, sin crema, sin leche. Cada año lo hacía más y más cargado.

Por supuesto con ese ritmo, tarde que temprano pagaría la factura.

La primera vez que fui al gastroenterólogo y me dio mi hojita de “dieta para persona con gastritis”, la hice bolita y la aventé al basurero antes de salir del hospital, porque de reojo alcancé a leer entre los alimentos prohibidos al Café.

¿¿¿Qué le pasa al doctor??? Pensé, ¿que no se da cuenta que me dolerá muchísimo la cabeza por la falta de cafeína? Todo menos aceptar que el café estaba acabando con mi estómago. Pues sí, muy frecuentemente a media noche sentía que la comida se me regresaba (reflujo) y no podía salir de casa sin mis TUMS y o mis sobrecitos de RIOPAN.

Impensable dejar de tomar 8 o 10 tazas al día. El Café era mi vida.

Y entonces se me ocurrió tomar el curso de Tés y Maridaje con Repostería, en la Universidad del Claustro de Sor Juana, con el Chef Emilio Díaz. Ya se los he platicado.

No puedo decir que me entusiasmara el Té ¿a quién engaño? Lo hice por mi Diplomado Profesional en Vinos para la formación del Sommelier, ya que incluía un apartado de Té que yo pensé en adelantar. Quería conocer.

En la primera clase probé el Té verde aderezado con clavo de olor. Y aunque los postres era lo menos importante, la combinación de sabores, las frutas secas y la nuez acompañados de esa olorosa taza de té…me fascinó.

El Chef llenó el pizarrón con los distintos tés de china y japón. Esa noche llegué a casa y me metí a la página de Euro-te y elegí cuatro tés: uno de japón y tres de china. Aproveché el descuento del buen fin (siiii, era octubre) y éstos fueron los que me marcaron para no volver a desayunar jamás con café. No me hacía falta.

Compré un Té verde Gyokuro, de japón y los tés de china fueron 1) El mejor de los Tés blancos, llamado también Té Imperial o Aguja Plateada (Silver Needle), 2) Té ulong Osamanthus dorado  3) Y por último, y quizás el que más pensé para comprarlo, por su precio (como es una sola pieza, no hay manera de decir solo quiero 20 gramos) compré Pu her Verde o También llamado “Sheng pu erh” o crudo. Prensado en forma de pastel, que es la forma más antigua de tomar Té en China.

Cada mañana comencé haciendo una jarra, y hoy día llego a preparar hasta tres (de dos tazas cada jarra). Estoy inscrita en un Club de Tés (cada dos meses me mandan 4 tipos diferentes de tés). Los que más me gustan, compro una bolsa de 100 gramos. Los que menos me gustan, me olvido de ellos.

  • Me mantengo en que me gusta el Té puro, sin saborizantes
  • No me duele la cabeza por la falta de cafeína (es un mito)
  • Ha mejorado muchísimo mi gastritis
  • Cada lata de té que abro, es una nueva experiencia, la mayoría de las veces son sorpresas gratas.

Por el momento sigo ocupada con mis cursos de vinos, por lo que veo difícil que vaya a tomar un nuevo curso de tés pronto, pero seguiré probando diferentes tes, de diferentes partes del mundo. Llevo mis fichas de cata, y no me conformo con lo que me manda el club, también consulto información en la web y me he hecho de varios libros:

Platiqué con el Sommelier Sergio López quién me comentó que a él le pasó igual cuando probó el Té…tomó curso, se entusiasmó, pero a los seis meses regresó al café. Claro que él no tiene gastritis. Ya veremos cómo me va a mí.

El café y yo no estamos divorciados, me sigue gustando mucho. El olor a café recién preparado me mata. Pero por supuesto mis hábitos sobre consumo de café han cambiado. No tomo más de dos tazas al día de café.

¿Y qué hay de ti?

¿eres de los que moriría si te quitan el café?

Panqué de Chocolate en Barra (o cocoa)

Día 8 – Panqué de Chocolate en barra (o Cocoa)

Bueno pues, estoy como millones de seres humanos en este planeta, encerrada por motivo de la pandemia. Estamos cumpliendo una semana este día. Me he dedicado a acomodar casa, y entre muchas otras cosas, ha salido una libreta de recetas de hace muchos años. Esta receta en verdad es vieja. Se trata de un pastel de […]

Éste Libro es una Golosina

Día 6 – Este Libro es una Golosina

Este Libro es una Golosina

Autores: Claudia Espinoza, Ignacio Urquiza, Alejandra Kawage de Quintana, Manuel Arango, José N. Iturriaga y Lula Bertrán

Editorial: GilbertoA.C.

Lugar y Año de la publicación: México 2018

Páginas: 275

Precio: $ 1244 Amazon   $1500 Mercado Libre  $1088 Gandhi (lo compré en enero, pero ya no lo tienen disponible)

ISBN: 978-607-7986-53-1

 

Sinopsis:

Este libro es una propuesta de Asociación Gilberto para conmemorar y celebrar treinta años de labor institucional con las comunidades más vulnerables del país.

Los textos que aquí se descubrirán nos transportan a los orígenes y contexto de cada dulce, algunos de ellos con las recetas para poder prepararlas en casa.

Son 270 páginas con ilustración de calidad que nos describen más de 80 golosinas mexicanas, en un formato de tapa dura.

Este libro es una golosina, una probadita del gran acervo dulcero de México, un rescate de los recuerdos gustativos de nuestra niñez, un libro de recuerdos y encuentros pero, sobre todo, un vínculo que nos une a los mexicanos en un mismo dulce placer compartido

 

¿Por qué en El lugar de Beatriz?

Porque habla de todos los dulces en toda la República Mexicana. De algunos nos muestra su origen, su historia, de otros hasta la receta.

Y bueno, no queda en dulces, también una que otra botanita

 

Mi opinión:

Este libro es una obra de arte. Por su contenido (historias de los dulces, recetas varias) y por sus hermosas fotos. Me encantaría hacer la prueba de preparar algunas de sus recetas

Desgraciadamente lo consigues solo en Amazon y en Mercado libre (50% más caro de lo que me costó a mí. Y digo desgraciadamente, porque es un libro relativamente nuevo, que tiene una buena casa editorial Ambar Editores http://www.ambardiseno.com/home#secc_contacto, pero su página muy pobre, no ofrece alternativa de compra (le metí el nombre del libro y no lo reconoció).

Entonces lo más accesible es Amazon

 

De los autores:

Claudia Espinoza, Ignacio Urquiza, Alejandra Kawage de Quintana, Manuel Arango, José N. Iturriaga y Lula Bertrán:

Busqué información en la casa editorial, no encontré nada sobre estas personas.

Risotto de Aguacate

Día 4 – Risotto de Aguacate

Oooootra de Aguacate. Dirán que parezco china (que mello😑😱…allí empezó todo🤣🤣🤣🤣 jajajjjjja), pero además de procurarme harina, mantequilla, quesos, atún, me compré suficiente arroz para hacer todo tipo de experimentos. Y bueno, honor a quien honor merece, esta es una receta de mi amigo del Diplomado para ser Sommeliers, Alker. A grandes rasgos me dio […]